sábado, 1 de febrero de 2003

utopía de escarabajos

¿Qué le pasa al escarabajo?
anda y anda sin rumbo,
¿Acaso cree en el destino?
¿Por qué no se fija una meta?
¿Por qué me entristece ver su letanía?

Desearía verlo con paso firme
aplastar el pequeño bosque de césped que interrumpe su convicción
Adivinar su ligereza cruzando el océano que el patio
le ha deparado tras la lluvia
Pero el bicho persiste en su ceguera
su norte salta aquí y allá, y gasta su débil tiempo en rodeos ridículos.

Cuando pareciera que se va a detener
cuando creo percibir la llegada de un punto ajustado,
se desvanece la falsa geometría que mi imaginación había creado,
amaga un triunfo, me engaña.
¿Ha terminado su circuito dubitativo?
Comienza una vez más con su letargo
se carga de estupidez en su coraza y nada nuevamente hacia ninguna parte.

Tal vez sospeche de mi inquisición, quizás sepa de mi obstinación
por encontrarle una línea recta, un sendero amplio y suave
que lo conduzca a una felicidad de escarabajo.
Tal vez, sabiendo de todo ello, su devenir sea una burla,
un juego cruel que se divierte con mi nerviosismo
una trampa urdida esta misma tarde en el Olimpo de los escarabajos.

Pero gira una vez más, da tan solo tres pasos y vuelve a detenerse
No es posible, no cabe en ninguna mente, ni siquiera en la aparentemente pequeña
racionalidad de un escarabajo.
¿Es que no se da cuenta que de esa manera trabaja en vano?
Son cientos o tal vez miles de horas/escarabajo malgastadas en espirales inútiles.

Al rato, su obstinación termina por vencerme.
Tal vez sea su genética, su naturaleza,
tal vez la marcha sin rumbo sea su camino, su manera de vivir.
Quizás hasta haya elegido semejante cruz,
cansado de andar en línea recta,
harto ya de senderos amplios que no conducen a ninguna parte
rebelde ante las imposiciones euclidianas,
irrespetuoso de trazados perfectos, de rutas bien marcadas
de itinerarios que evocan llegadas que no existen.

Feliz, al cabo, en su laberinto.

febrero de 2003

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