parece que el oxígeno
finalmente va a llegar
entonces un primer movimiento de labios;
y tras ellos la mandíbula
comienza a ensancharse
para que penetre,
frío,
pétreo,
el aire del exterior.
me veo entrar en el calor de la casa
alguien espera, tras un libro
junto al fuego
confortable o distraído, mi llegada
sonrío buscando
respuesta en esas miradas,
recuerdos de donde nunca estuve
y aspiro y trato de gritar
pero despierto
y el ahogo me devuelve
a la sombra
de esta verdadera razón:
la oscuridad
(esta calle donde tus ojos no pueden siquiera asomarse)
donde nadie mira mis miradas
donde nadie sonríe mi sonrisa
donde ningún oxígeno penetra
mis pulmones;
que lentos
pero inexorablemente,
se apagan.
en mi frío,
otros fríos
que ayer se creyeron aire,
mueren conmigo.
ya calló el tronar de la avalancha
una calma comienza a inundar el valle
y las miradas punzan un nuevo norte;
buscan nuevos valles
y nuevos truenos
entonces comprendo
que aquí estaré siempre
bajo esta mortaja
sin aire
solo
la búsqueda ha terminado,
entonces comprendo,
en un último rapto de infundada razón,
en la bocanada final de mi pretendida lucidez,
justo antes que la última molécula de aire
se digne a ingresar por esta boca,
que ya nadie vendrá por mi.
8 de noviembre de 2004
lunes, 8 de noviembre de 2004
miércoles, 16 de junio de 2004
carta a un amigo
¿Qué es de tu vida hermano?
Tanto tiempo sin saber de vos… la verdad es que cuando tomo conciencia de las distancias que se van generando en el tiempo, en el contacto con los afectos, con los que nos quieren bien… en fin, me preocupo un poco.
Me pregunto por qué, trato de pensar qué será lo que uno prioriza como para que terminemos sentándonos en una butaca tan lejana de los mejores compañeros de función…
Te cuento que mi vida es más o menos la deriva cotidiana que vos conocés, un poco de trabajar, otro tanto de militar, ir y venir entre las convicciones y los miedos, las necesidades y las apuestas de vida, las vicisitudes de la soledad y los placeres de sentir que en la huella hay otras pisadas.
Por momentos, con la sensibilidad un poco a flor de piel, producto de quien sabe qué asperezas frotando el cuerpo; otras veces, con un poco de resignación, con ciertos cansancios que el paso de los años van acumulando entre menudas victorias y gloriosas derrotas en la batalla contra mis propias miserias.
En otros andares, hurgando en el pasado a ver si Lacán y sus discípulos se avienen a tirarme un cabo, como para salir de semejante marejada; tan fresca a veces, y ausente de brazos para remar tan a menudo.
Dos pasos más allá (hacía un lateral, diría) la preocupación por lo cotidiano, el sustento para vivir y tratar de ir creciendo un poco, con la vana ilusión de que acumulando bienes materiales algún día terminaremos por olvidarnos de ellos…
Y en esas estoy, arrimando el cerebelo cerca de la estufa para ver si entre los vapores de tal cocción se cae una idea de cómo retomar el estudio, la maestría, esas cosas.
En estas ando hermano, un poco rengo y un poco manco, pero con ganas de usar la gamba y la mano que me quedas para seguir tirando pa’ lante...
En estas ando hermano, un poco rengo y un poco manco, pero con ganas de usar la gamba y la mano que me quedas para seguir tirando pa’ lante...
sábado, 25 de octubre de 2003
conciertos
Lo veía pasar todos los jueves. Corría la cortina para espiarlo y se ponía colorada, aún cuando sabía que nadie la veía. Pero la sola sensación de observar a ese hombre flaco y de andar desgarbado, la ruborizaba un poco. Lo que sí sabía perfectamente era que su padre le tenía absolutamente prohibido hablar con él; ni siquiera lo ablandaba el hecho de que ese muchacho, el hijo de Don Esteban, obrero del frigorífico Swift Armour, tocara el piano como nadie en el barrio.
Y era eso lo que ella más admiraba, porque se sentía incapaz de hacerlo, por más que su padre la hubiera hecho estudiar en el conservatorio, por más que hubiese pasado 8 meses en Ginebra con los mejores profesores de piano del mundo.
Así de diferentes eran sus mundos: ella (Alicia es su nombre) única hija del banquero Frank Osserman, la que vivía en la mansión más lujosa del barrio, la que iba cada día al Instituto de la Medalla Milagrosa conducida por su chofer a bordo de un lujoso Ford Fairlane; él (Mario era su nombre) había hecho la primaria en la N° 12, la escuela del barrio, y viajaba en el colectivo 503 para asistir a Bellas Artes.
Alicia nunca había escuchado a Mario tocar el piano, ni había hablado nunca con él. Además de la estricta prohibición de su padre, ella, con sus 16 años, era muy tímida como para acercarse a ese muchacho que ni siquiera le resultaba demasiado atractivo. Lo que la conmovía era saber (todos en el barrio lo sabían) que Mario tocaba el piano como nadie, que tocaba Chopin a primera vista, y que en sus conciertos en la Cultural, sus vecinos se ponían de pié para aplaudir los preludios de Liszt o los conciertos de Rachmaninoff.
Lo que ella no sabía (como tantas otras cosas que nunca supo) era que, además, Mario se juntaba con sus amigos y tocaba otra música. Hacía apenas un par de años que en las disquerías del centro habían aparecido los discos de algunos conjuntos nuevos, con músicos de pelo largo y ritmos excitantes, y Mario sentía que con esa música podía expresar otras cosas que le estaban pasando, y que no sabía muy bien por qué le pasaban.
Tampoco sabía Alicia el porqué de la prohibición de su padre. Más de una vez le escuchó decir que Don Esteban era peronista, pero no tenía la menor idea de lo que eso quería decir, y mucho menos se imaginaba la razón para no acercarse a esa gente que parecía tan buena, que disfrutaba del Concierto de Piano en DO mayor n° 21 de Mozart, tanto como ella lo disfrutaba.
Por aquellos años, Mario empezó a pensar en otras cosas. La música, su pasión, empezó a ocupar cada vez menos tiempo en sus actividades. Nuevas pasiones lo conmovían; probablemente estuvieran allí desde antes, pero nunca lo habían desvelado tanto como ahora con sus 18 años. Eran tiempos en los que cambiar al mundo parecía no ya meramente algo alcanzable, sino una obligación.
Mario se había formado intelectualmente junto a los sacerdotes capuchinos, para quienes la opción por los pobres que el Evangelio señala era toda una elección de vida. Así lo había sentido en los cursillos a los que había asistido, pero ahora sentía que esa opción requería de él otros compromisos, otras apuestas que estaba dispuesto a afrontar, poniendo en riesgo su propia vida, si fuera necesario.
Con el tiempo, Alicia dejó de ver a Mario a través de su ventana. El muchacho flaco y desgarbado dejó de aparecer por el barrio, y si bien le llamaba la atención, nunca se preguntó qué había sido de él.
Lo recordó una tarde de 1974, cuando eligió el Concierto para piano en DO mayor n° 21 de Mozart para su casamiento.
Lo recuerda de vez en cuando, cuando les habla a sus hijos y les cuenta que ése es su concierto favorito, y que también era el de su padre, el banquero Frank Osserman, secuestrado el 12 de noviembre de 1975 por un comando del Ejército Revolucionario del Pueblo.
Lo recuerda porque ella sabía que el Concierto para piano en DO mayor n° 21 de Mozart era también el concierto preferido de Don Esteban y de Mario, ese muchacho flaco y desgarbado al que, si bien no sabe por qué, su padre le tenía prohibido ver, y que un día dejó de aparecer por el barrio, por motivos que, como tantas otras cosas en su vida, Alicia nunca supo.
Y era eso lo que ella más admiraba, porque se sentía incapaz de hacerlo, por más que su padre la hubiera hecho estudiar en el conservatorio, por más que hubiese pasado 8 meses en Ginebra con los mejores profesores de piano del mundo.
Así de diferentes eran sus mundos: ella (Alicia es su nombre) única hija del banquero Frank Osserman, la que vivía en la mansión más lujosa del barrio, la que iba cada día al Instituto de la Medalla Milagrosa conducida por su chofer a bordo de un lujoso Ford Fairlane; él (Mario era su nombre) había hecho la primaria en la N° 12, la escuela del barrio, y viajaba en el colectivo 503 para asistir a Bellas Artes.
Alicia nunca había escuchado a Mario tocar el piano, ni había hablado nunca con él. Además de la estricta prohibición de su padre, ella, con sus 16 años, era muy tímida como para acercarse a ese muchacho que ni siquiera le resultaba demasiado atractivo. Lo que la conmovía era saber (todos en el barrio lo sabían) que Mario tocaba el piano como nadie, que tocaba Chopin a primera vista, y que en sus conciertos en la Cultural, sus vecinos se ponían de pié para aplaudir los preludios de Liszt o los conciertos de Rachmaninoff.
Lo que ella no sabía (como tantas otras cosas que nunca supo) era que, además, Mario se juntaba con sus amigos y tocaba otra música. Hacía apenas un par de años que en las disquerías del centro habían aparecido los discos de algunos conjuntos nuevos, con músicos de pelo largo y ritmos excitantes, y Mario sentía que con esa música podía expresar otras cosas que le estaban pasando, y que no sabía muy bien por qué le pasaban.
Tampoco sabía Alicia el porqué de la prohibición de su padre. Más de una vez le escuchó decir que Don Esteban era peronista, pero no tenía la menor idea de lo que eso quería decir, y mucho menos se imaginaba la razón para no acercarse a esa gente que parecía tan buena, que disfrutaba del Concierto de Piano en DO mayor n° 21 de Mozart, tanto como ella lo disfrutaba.
Por aquellos años, Mario empezó a pensar en otras cosas. La música, su pasión, empezó a ocupar cada vez menos tiempo en sus actividades. Nuevas pasiones lo conmovían; probablemente estuvieran allí desde antes, pero nunca lo habían desvelado tanto como ahora con sus 18 años. Eran tiempos en los que cambiar al mundo parecía no ya meramente algo alcanzable, sino una obligación.
Mario se había formado intelectualmente junto a los sacerdotes capuchinos, para quienes la opción por los pobres que el Evangelio señala era toda una elección de vida. Así lo había sentido en los cursillos a los que había asistido, pero ahora sentía que esa opción requería de él otros compromisos, otras apuestas que estaba dispuesto a afrontar, poniendo en riesgo su propia vida, si fuera necesario.
Con el tiempo, Alicia dejó de ver a Mario a través de su ventana. El muchacho flaco y desgarbado dejó de aparecer por el barrio, y si bien le llamaba la atención, nunca se preguntó qué había sido de él.
Lo recordó una tarde de 1974, cuando eligió el Concierto para piano en DO mayor n° 21 de Mozart para su casamiento.
Lo recuerda de vez en cuando, cuando les habla a sus hijos y les cuenta que ése es su concierto favorito, y que también era el de su padre, el banquero Frank Osserman, secuestrado el 12 de noviembre de 1975 por un comando del Ejército Revolucionario del Pueblo.
Lo recuerda porque ella sabía que el Concierto para piano en DO mayor n° 21 de Mozart era también el concierto preferido de Don Esteban y de Mario, ese muchacho flaco y desgarbado al que, si bien no sabe por qué, su padre le tenía prohibido ver, y que un día dejó de aparecer por el barrio, por motivos que, como tantas otras cosas en su vida, Alicia nunca supo.
sábado, 18 de octubre de 2003
las bolas de los bolitas
La pacatería argentina ha tenido la costumbre histórica de encerrar universos enteros de significantes contenidos en una sola palabra. Durante el decanato infame –vaya uno a saber por qué– tuvo especial desarrollo el concepto de “trucho”. Esta costumbre nacional ha sido aplicada con particular énfasis en discriminaciones, persecuciones y reacciones varias. Así, nuestro vocabulario se vio enriquecido con adjetivos discriminativos tales como “cabeza”, “subversivo”, “gallego”, “grasa”, “peroncho”, “zurdo” y una gran multiplicidad de etcéteras.
Pero si una palabra define la acumulación de racismo, violencia, soberbia, ignorancia y desprecio por lo diferente, esa palabra –claro está– es “bolita”. Bolita es la síntesis de lo que los argentinos no somos ni queremos ser. Bolita es negro y es pobre. Bolita es la síntesis de los “otros”. Bolita es alguien de quien se puede abusar desde cualquier lugar de poder, en especial “nosotros” que somos tan “piolas”, que vestimos a la europea y andamos en 4x4. Bolita es la feria, nosotros somos el “shopping”. Bolita son ajices y limone’, nosotros somos lomo Hereford. Bolita es petiso y gordito, nosotros somos altos, rubios y de ojos celestes. Bolita es indígena, nosotros: orgullosa sangre europea.
Bolita nunca es ingeniero, odontólogo o licenciado en marketing, como “nosotros”; Bolita es siempre albañil o verdulero, pocero o traficante de drogas. Podrían pasar por tintoreros, ya que tienen los ojos medio achinados, pero son demasiado negritos para eso y cualquier porteño bien pensante se daría cuenta del engaño.
Por supuesto, para completar la cosmogonía, Bolita es sucio, piojoso, ladrón y de no confiar. Además, se sabe, viven con muy poco, entonces le quitan el trabajo a los “nosotros” porque cobran sueldos menores, y usan “nuestros” hospitales.
Sin embargo, en los últimos días resultó que, además de las ferias y las puertas de los hipermercados, había Bolitas en otra parte. Y muchos!!
Y resulta que salieron de las minas y los socavones, de cuidar llamas y vicuñas, de cultivar la coca y el maíz. Dejaron por un rato las islas del sol y de la luna, las selvas del oriente y las altiplanicies del occidente, los pantanos del norte y los salares del sur.
Salieron por la Puerta del Sol de Tiahuanaku, de Coroico y de Oruro, de Cochabamba y de Potosí, de Santa Cruz y de Sucre, de Uyuni y de Copacabana, de Vallegrande y de El Alto.
Y resulta que estos morochos y estas morochas con sus polleras de colores y sus zandalias, con sus huahuas y sus bolsones de coca; estos hijos de la tierra, tienen una dignidad más alta que el Huayna Potosí, una nobleza más profunda que las minas del Cerro Rico y unos huevos más grandes que el Lago Titicaca[1].
Y resulta que los Bolitas se cansaron de cagarse de frío mientras los señores del poder negociaban el gas natural para que se calienten los pies los gringos. Se cansaron y dijeron NO!!. Se cansaron y salieron a la calle y dijeron NO!! Y les dieron palos y dijeron NO!! y les mataron a sus hermanos y dijeron NO!! y los invitaron a “negociar” y dijeron NO!!
Resulta que estos Bolitas, negros, achinados, sucios, piojosos, coqueros, mansos, sumisos, pobres, indios, petisos, gorditos, verduleros, albañiles y recolectores de basura no quieren seguir entregando lo que les queda en el fondo de la tierra. Allí, donde se acumulan los cuerpos de los millones de indígenas que extrajeron la plata para que Europa primero, y otros mundos después, puedan tener el nivel de vida que hoy tienen. Para que –al cabo– puedan haber nacido empresas como Repsol, Shell, Exxon, Texaco, Standard Oil, que sacan el gas y el petróleo para que puedan calentar sus pies los plomeros de Minesotta y los jubilados de Lyon.
Probablemente los Bolitas no sepan de estos nombres raros. No olvidemos que además, son analfabetos, no saben lo que es el Dow Jones y el Nikkei, hablan en lenguas incomprensibles, pero les ponen a sus hijos nombres tales como Johnatan y Brian.
Por eso, probablemente, se cansaron y dijeron NO!!
Por eso echaron a su Presidente, quien seguramente es al menos un poco más blanquito y más alto y sabe hablar en inglés y conoce lo que significa “Price & Waterhouse”. “Nosotros”, probablemente, nunca llamaríamos Bolita a ese señor presidente.
Por eso no son como nosotros.
Por eso, porque son Bolitas.
18 de octubre de 2003
[1] cuando éramos chicos, había un chiste muy inteligente que decía: Perú y Bolivia comparten el Lago Titicaca, en Perú se llama “Titi” y en Bolivia se llama “Caca”…
Pero si una palabra define la acumulación de racismo, violencia, soberbia, ignorancia y desprecio por lo diferente, esa palabra –claro está– es “bolita”. Bolita es la síntesis de lo que los argentinos no somos ni queremos ser. Bolita es negro y es pobre. Bolita es la síntesis de los “otros”. Bolita es alguien de quien se puede abusar desde cualquier lugar de poder, en especial “nosotros” que somos tan “piolas”, que vestimos a la europea y andamos en 4x4. Bolita es la feria, nosotros somos el “shopping”. Bolita son ajices y limone’, nosotros somos lomo Hereford. Bolita es petiso y gordito, nosotros somos altos, rubios y de ojos celestes. Bolita es indígena, nosotros: orgullosa sangre europea.
Bolita nunca es ingeniero, odontólogo o licenciado en marketing, como “nosotros”; Bolita es siempre albañil o verdulero, pocero o traficante de drogas. Podrían pasar por tintoreros, ya que tienen los ojos medio achinados, pero son demasiado negritos para eso y cualquier porteño bien pensante se daría cuenta del engaño.
Por supuesto, para completar la cosmogonía, Bolita es sucio, piojoso, ladrón y de no confiar. Además, se sabe, viven con muy poco, entonces le quitan el trabajo a los “nosotros” porque cobran sueldos menores, y usan “nuestros” hospitales.
Sin embargo, en los últimos días resultó que, además de las ferias y las puertas de los hipermercados, había Bolitas en otra parte. Y muchos!!
Y resulta que salieron de las minas y los socavones, de cuidar llamas y vicuñas, de cultivar la coca y el maíz. Dejaron por un rato las islas del sol y de la luna, las selvas del oriente y las altiplanicies del occidente, los pantanos del norte y los salares del sur.
Salieron por la Puerta del Sol de Tiahuanaku, de Coroico y de Oruro, de Cochabamba y de Potosí, de Santa Cruz y de Sucre, de Uyuni y de Copacabana, de Vallegrande y de El Alto.
Y resulta que estos morochos y estas morochas con sus polleras de colores y sus zandalias, con sus huahuas y sus bolsones de coca; estos hijos de la tierra, tienen una dignidad más alta que el Huayna Potosí, una nobleza más profunda que las minas del Cerro Rico y unos huevos más grandes que el Lago Titicaca[1].
Y resulta que los Bolitas se cansaron de cagarse de frío mientras los señores del poder negociaban el gas natural para que se calienten los pies los gringos. Se cansaron y dijeron NO!!. Se cansaron y salieron a la calle y dijeron NO!! Y les dieron palos y dijeron NO!! y les mataron a sus hermanos y dijeron NO!! y los invitaron a “negociar” y dijeron NO!!
Resulta que estos Bolitas, negros, achinados, sucios, piojosos, coqueros, mansos, sumisos, pobres, indios, petisos, gorditos, verduleros, albañiles y recolectores de basura no quieren seguir entregando lo que les queda en el fondo de la tierra. Allí, donde se acumulan los cuerpos de los millones de indígenas que extrajeron la plata para que Europa primero, y otros mundos después, puedan tener el nivel de vida que hoy tienen. Para que –al cabo– puedan haber nacido empresas como Repsol, Shell, Exxon, Texaco, Standard Oil, que sacan el gas y el petróleo para que puedan calentar sus pies los plomeros de Minesotta y los jubilados de Lyon.
Probablemente los Bolitas no sepan de estos nombres raros. No olvidemos que además, son analfabetos, no saben lo que es el Dow Jones y el Nikkei, hablan en lenguas incomprensibles, pero les ponen a sus hijos nombres tales como Johnatan y Brian.
Por eso, probablemente, se cansaron y dijeron NO!!
Por eso echaron a su Presidente, quien seguramente es al menos un poco más blanquito y más alto y sabe hablar en inglés y conoce lo que significa “Price & Waterhouse”. “Nosotros”, probablemente, nunca llamaríamos Bolita a ese señor presidente.
Por eso no son como nosotros.
Por eso, porque son Bolitas.
18 de octubre de 2003
[1] cuando éramos chicos, había un chiste muy inteligente que decía: Perú y Bolivia comparten el Lago Titicaca, en Perú se llama “Titi” y en Bolivia se llama “Caca”…
viernes, 15 de agosto de 2003
claustrofobia
me da claustrofobia
cuando no estas
me da frio cuando no estas
y me da calor
cuando estas
me da hambre
cuando no estas
y ganas de comer
cuando estas
me da insomnio cuando no duermo con vos
me da sueño
cuando no duermo con vos
me dan ganas de verte
cuando no estas
y me dan ganas de verte
cuando estoy con vos
entonces
te miro
te como
te sueño
te veo
mirémonos
comámonos
soñémonos
veámonos
ternuremos
y fotografiemos
y musiquemos
y mapeemos
y tormenteemos
y patagoniemos
mirarte
comerte
soñarte
verte
claustrofobia???
si, la de tu ausencia
encierro infinito
el de tu vacío
15 de julio de 2003
cuando no estas
me da frio cuando no estas
y me da calor
cuando estas
me da hambre
cuando no estas
y ganas de comer
cuando estas
me da insomnio cuando no duermo con vos
me da sueño
cuando no duermo con vos
me dan ganas de verte
cuando no estas
y me dan ganas de verte
cuando estoy con vos
entonces
te miro
te como
te sueño
te veo
mirémonos
comámonos
soñémonos
veámonos
ternuremos
y fotografiemos
y musiquemos
y mapeemos
y tormenteemos
y patagoniemos
mirarte
comerte
soñarte
verte
claustrofobia???
si, la de tu ausencia
encierro infinito
el de tu vacío
15 de julio de 2003
martes, 29 de julio de 2003
patagonias
No puedo dejar de pensar en vos
Y en la Patagonia
O sea, no puedo dejar de pensar en vos
Pensé mucho en el siglo y medio
que pasamos juntos ayer;
fue bastante corto
Pienso en esos largos silencios,
en tu dioses, en nuestras pieles.
Pienso en las curvas de tu cuaderno y la poesía de tu cuerpo
A veces, cuando estoy en la montaña,
en un apriete profundo contra
los contrafuertes de mi mundo interior,
cuando mis orejas se aplastan
contra mi cabeza
para morigerar los ventisqueros de la historia,
grito
Grito fuerte, y nada se oye. El viento se lleva mis palabras y mi
aliento
Frente a la magnificencia del paisaje mis gritos no se oyen
Tal vez provenga de allí la insistencia en nombrar tu belleza
Justificar y tranquilizar mi silencio
en virtud de tal virtud
Saber que, por más que lo intente,
no podré decir nada
Y tal vez ahora,
salido que hubo el sol y pronto a encerrarse nuevamente en su lecho oscuro,
pueda estar escribiendo
frente a la pantalla, fuera tu mirada del horizonte de la mía, las palabras aparecen,
giran sobre sus ángulos, se expanden en ondas rectas
Golpean a las puertas de mis dedos
y pugnan
por salir
Son ellas, no te preocupes
Yo no tengo mucho que ver
He visto entonces las palabras de estas patagonias
He visto el sombrero que oscurece el hongo de hielo del Cerro Torre
Me han hecho saber de un ombligo sabroso a sus pies, donde una
pequeña laguna registra y acumula la humedad de mis besos
Contaron de brazos blancos
que se desprenden de un gran
blanco continente de hielo
Hielo blanco, hielo fogoso
Sobre unas sabanas, salieron a pasear palabras amesetadas
y boscosas,
glaciares y acantiladas
Palabras precámbricas y pleistocénicas
alóctonas y andinas
Y me cuentan de unos vinos
que inventan palabras que se arremolinan
tras unos ojos de miel
Son elixires milenarios,
y contienen cepas
puelches y araucanas
Dicen por ahí, que sus vapores provocan
efectos extraños
Que quien lo bebe desata
poderosas tormentas de ternura sobre las geografìas
que lo rodean
Dicen que su poder es tan vasto
pero tan misterioso
que aquel que lo deguste sufre alucinaciones,
se retuerce y maldice,
es azotado por miedos inútiles;
se hace acreedor de temores fatuos,
incomprensibles
Pero pasadas las postrimerías
de esos alcoholes,
solo queda espacio
y tiempo para nuevas palabras,
y nuevos placeres que de allí emanan.
Por mi parte,
apenas si navego un tanto aturdido entre tus ojos y el Paso de las Nubes
Traspongo lentamente el tiempo
entre los sonidos de tu palabray la laguna Hosseus
Tus patagonias y mis patagonias
Así, en minúscula, acentuando su carácter sustantivo
Y repaso:
-Un coihue caído a orillas del Lago Hess
-La aguja Innomiatta, rincón desconocido pero tan sabido.
Los mapas de mi mente, los recuerdos de donde nunca estuve.
-Las imàgenes de tus viajes.
Tus ojos una vez más clavados como piquetas en los hielos del Upsala
Ojos color viento, que transportan desde los paralelos australes la belleza que jamás pude ver.
Tu memoria hendida en mi
Un cuerpo crepuscular que derrite nieves en Buenos Aires y en La Plata, en el Glaciar Agassiz y en el Volcán Lautaro
Patagonias de tu dulzura. Morrenas de azúcar fluyendo
entre mis dedos
Fumarolas de sangre caliente en mis párpados
y en mi sien
Recuerdos del presente, que comenzó quien sabe cuándo entre las paredes granodiorìticas de una oficina céntrica
Estos vinos, aquellos olores, estas distancias
Fronteras cruzadas
Zanjas transitadas por los puntos cardinales de su centro preciso
Eso tengo, eso oigo con cada palabra que se pronuncia
Verticales horizontes, gravedad infinita
desde la cumbre
hasta el llano
Llanura de mi silencio
Acarreo volcánico de tu voz
Montañas y palabras. Montañas de palabra
Tu ser, tu tibia poesía
Paisaje añorado
Tus miedos y los míos
Eso tenemos. Y una ventana abierta
Podremos ver algo detrás de la luz que la contiene?
Ojalá vuelvan pronto tus ojos y traigan los vientos que transportan
Ojalá despejen el horizonte
de mi tiempo
Tan llano, tan terreno
Ojalá descubran la nube de las cimas
Amo verlas despejadas
julio de 2003
(PD: gracias por estas patagonias; pensé en vos y abrí una pequeña cajita de madera tallada en Raulì. Sabés que había? multitud de pequeños besos)
lunes, 21 de julio de 2003
ríos negros
juntar los pedazos que nos hacen posibles
una piedra, un trozo de madera,
una porción de fuego
y la grieta penetra y penetra
la roca marmórea
buscar el punto infinito en el centro del universo
roca, madera,
fuego
un patrón que me permita ubicarme
latitud, longitud
grados, minutos, segundos
tu vos, tu olor
roca, madera, fuego
sol de invierno
torrente de cordillera,
limos, arenas
un cruce, ninguna parte
un río que separa las vidas
las de acá y las de allá
ubicarse en algún lugar
el cristal que contiene la verdad de la historia
en uno de esos cristales
en alguna playa
en algún mar
en algún planeta
en alguna galaxia
en algún universo
ritmo que marca su huella en las arenas
una casa, un fogón
un río de nuevo, viejo río
voces mapuches y tehuelches
cardos anclados en esas playas
nuestras patagonias
relictos de mares arcaicos
contrafuertes de vientos
centros anticilónicos
pacíficos
40 bramadores
humedad que trepida la atmósfera
alcanza su cúspide
se desplaza
se precipita
país de nieve
nieve
esculturas de hidrógeno y oxígeno
solares minados
puertos de fantasías acumuladas
páginas de epopeya
árboles trasplantados
superficies jabonosas
voy y vengo,
de aquí para allá
ubicarme
entre el valle y la cima
subir y bajar
minerales y capilares
un conducto, un destino
soles que maduran el placer
se hacen copa
se vierten en paladares
una casa, un fogón
chacras de recuerdo
paisajes de tu aliento
yacer, recurrir
tu sillón
tu libro
tu copa
tu vino
tu chacra
tu fuego
tu compañía
mi nostalgia
que disfrutes de las lunas
que bebas ríos negros
que te calientes con fuegos de araucanía
yo con mi vaso,
mi vino
la palabra
el libro
país de nieve
es que realmente estamos lejos?
21 de julio de 2003
una piedra, un trozo de madera,
una porción de fuego
y la grieta penetra y penetra
la roca marmórea
buscar el punto infinito en el centro del universo
roca, madera,
fuego
un patrón que me permita ubicarme
latitud, longitud
grados, minutos, segundos
tu vos, tu olor
roca, madera, fuego
sol de invierno
torrente de cordillera,
limos, arenas
un cruce, ninguna parte
un río que separa las vidas
las de acá y las de allá
ubicarse en algún lugar
el cristal que contiene la verdad de la historia
en uno de esos cristales
en alguna playa
en algún mar
en algún planeta
en alguna galaxia
en algún universo
ritmo que marca su huella en las arenas
una casa, un fogón
un río de nuevo, viejo río
voces mapuches y tehuelches
cardos anclados en esas playas
nuestras patagonias
relictos de mares arcaicos
contrafuertes de vientos
centros anticilónicos
pacíficos
40 bramadores
humedad que trepida la atmósfera
alcanza su cúspide
se desplaza
se precipita
país de nieve
nieve
esculturas de hidrógeno y oxígeno
solares minados
puertos de fantasías acumuladas
páginas de epopeya
árboles trasplantados
superficies jabonosas
voy y vengo,
de aquí para allá
ubicarme
entre el valle y la cima
subir y bajar
minerales y capilares
un conducto, un destino
soles que maduran el placer
se hacen copa
se vierten en paladares
una casa, un fogón
chacras de recuerdo
paisajes de tu aliento
yacer, recurrir
tu sillón
tu libro
tu copa
tu vino
tu chacra
tu fuego
tu compañía
mi nostalgia
que disfrutes de las lunas
que bebas ríos negros
que te calientes con fuegos de araucanía
yo con mi vaso,
mi vino
la palabra
el libro
país de nieve
es que realmente estamos lejos?
21 de julio de 2003
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