viernes, 24 de marzo de 2006

Poder pensarnos, 30 años después

No somos los mismos. Tanta sangre zigzagueando entre pliegues de memorias y olvidos nos dejó un hueco en las manos. Una sala vacía repleta de piedras que aún hoy esquivamos a los ponchazos, como podemos, hijos de llantos e impiedades, manojos de entrañas casi resecas, pero que todavía despiden el hedor.
¿Cómo pensarnos sin estos 30 años? ¿Cómo escribir algún vértice de lo que somos sin transitar la mirada por las banquinas de la tortura y el secuestro, la desmesura del horror? ¿Es que acaso el tiempo no nos ha perdonado que el 24 de marzo todavía esté allí, erguido en su tozudez macabra?
Tal vez convocando al olvido, creyendo que podemos ser sin lo que fuimos. Tal vez ejercitando batallas de nostalgias, pretendiendo conjurar el recuerdo de lo que no fue.
Vano. Poder pensarnos, 30 años después, implica conocer la evidencia de que intentarlo es en vano por donde se lo mire, implica reconocer que no podemos ser un presente sin este 30 años pasados.
Poder pensarnos hoy significa poder pensar cuánto ayer queda en este hoy, dimensionar este tiempo-espacio con la perspectiva de que hoy somos, estamos, padecemos y queremos con lo que en estos 30 años fuimos, estuvimos, padecimos y quisimos. Pero pensarnos implica hoy más que nunca ser hoy, reconocernos como presentes, como un gran presente que nos contiene, a los que somos y a los que ya no están.
En la sala vacía, vamos acomodando aquellas piedras y estos tropezones. Los milicos asesinos y sus cómplices de ayer y hoy hubiesen querido que nos quedemos recordando aquellos ayeres. La memoria de los compañeros nos sacude la modorra y nos dice que el pasado no son huellas sino pies de carne y hueso que caminan por las calles, por las veredas y por el barro de las calles sin veredas. Por estas sendas, todavía caminan hoy los asesinos, pero también caminamos nosotros, 30 años después, queriendo pensarnos 30 años después.
Es por eso que pensarnos 30 años después no nos da derecho a mirar el ayer y cerrar los ojos en el hoy. Aquel pasado cobra sentido en tanto podamos mirar aquel pasado presente en nuestro hoy, las huellas del horror y las marcas vivas de estos horrores, los de las miserias de hoy, los de los crímenes de hoy, los de las opresiones de hoy, los de los saqueos de hoy, los de las devastaciones de hoy, los de las vergüenzas de hoy y los de las impunidades de hoy.
No somos los mismos. Poder pensarnos hoy, 30 años después, no es un homenaje ni un recital de rock. No es un afiche en las calles ni subirse al púlpito de los que hoy, 30 años después, perpetúan las injusticias de aquel ayer de sangre y miedo.
Pensarnos hoy, 30 años después, es desintegrar hoy aquel ayer, es luchar para que ayer y hoy dejen de ser equivalentes.
Nosotros no somos los mismos.

Nosotros no olvidamos. Nosotros no perdonamos, nosotros no nos reconciliamos.

sábado, 5 de febrero de 2005

palabras de patagonia

Durante miles de años, las palabras pasaron de boca en boca. Treparon las agudas crestas del granito andino, se deslizaron por los blancos glaciares cordilleranos, atravesaron los bosques patagónicos, fluyeron por los ríos de la araucanía, volaron con el viento en las mesetas del sur de suramérica; recorrieron los canales fueguinos y besaron las sales de las costas de los mares australes.
Entonces, no había libros. La leyenda nos dice de mitologías pobladas de guanacos, de historias de pescadores. Allí, en toldos engrasados en el frío austral, los abuelos y los padres y los hijos y sus hijos utilizaron la palabra para enseñar a trabajar el ciprés, para construir las canoas, para leer la nieve, para escuchar el mar; para inventar, vivir, contar y soñar sus sueños.
Allí, en el siglo XVI, llegaron los primeros hombres con barba y cruz. Allí, hacia fines del siglo XIX, los estancieros cazaron a los indios para que sus ovejas pastasen en paz.
Allí, hacia fines del siglo XX, calló su voz la última descendiente de los selk’nan.
¿Quién nos contará los cuentos de nieve y mar?

martes, 1 de febrero de 2005

besos de verano


summer kisses, winter tears…

No acababa de cambiar un milímetro la posición de su cara que yo adivinaba una nueva curva en ella, un excitante vaivén voodoo chile en sus tetas, otros colores que se chorreaban desde un segundo más alto que el centro de la posición de mi mirada anterior.

El tiempo y algunos de los juncos de la escenografía (por detrás, en la otra laguna) eran perfectamente astronómicos. Una conjunción irreverente, un chispazo licoreado menta, un minucioso ritmo algebraico en el que cada roca (las visibles y las que los rayos de sol hacía rato que habían dejado libradas al olvido) sostenía a su propia base mágica y mineralógica.

Si aquella pequeña eternidad hubiese durado tan sólo un poco más, es probable que nunca se hubiese despertado aquel manjar de discursos desafinados; tan juveniles, tan exquisitamente malbec, acaso anacrónicos para mí. Pero en definitiva qué era aquel deseo (mi deseo) sino una pertinaz y voluntaria necesidad de destruir todo vestigio de tiempo.

Y en aquel éxtasis precoz, no hubo revolución bolchevique posible, ni espacio real-ni-imaginario, ni barcazas en el Támesis capaces de recomponer la lenta agonía en que todo fue sumiéndose, cansado quizás el tiempo de esperar que yo esperase un tiempo que nunca llegaría.

Fue por entonces que, tras crepitar la luna justo algunos centímetros por encima de aquel ritmo algebraico de rocas licoreadas menta que se bañaban en colores cambiantes desde cualquier posición en que mis discursos desafinados se chorreaban al contemplar el vaivén voodoo chile de sus tetas, en que el último cambio en la posición de su cuerpo, me indicó por fin que todo aquel tiempo que por un instante me hubo pertenecido, había sido irremediablemente fusilado.


febrero de 2005

lunes, 8 de noviembre de 2004

avalancha

parece que el oxígeno
finalmente va a llegar

entonces un primer movimiento de labios;
y tras ellos la mandíbula
comienza a ensancharse
para que penetre,
frío,
pétreo,
el aire del exterior.

me veo entrar en el calor de la casa
alguien espera, tras un libro
junto al fuego
confortable o distraído, mi llegada

sonrío buscando
respuesta en esas miradas,
recuerdos de donde nunca estuve

y aspiro y trato de gritar
pero despierto
y el ahogo me devuelve
a la sombra
de esta verdadera razón:
la oscuridad
(esta calle donde tus ojos no pueden siquiera asomarse)

donde nadie mira mis miradas
donde nadie sonríe mi sonrisa
donde ningún oxígeno penetra
mis pulmones;
que lentos
pero inexorablemente,
se apagan.

en mi frío,
otros fríos
que ayer se creyeron aire,
mueren conmigo.

ya calló el tronar de la avalancha
una calma comienza a inundar el valle
y las miradas punzan un nuevo norte;
buscan nuevos valles
y nuevos truenos

entonces comprendo
que aquí estaré siempre
bajo esta mortaja
sin aire
solo

la búsqueda ha terminado,
entonces comprendo,
en un último rapto de infundada razón,
en la bocanada final de mi pretendida lucidez,
justo antes que la última molécula de aire
se digne a ingresar por esta boca,
que ya nadie vendrá por mi.



8 de noviembre de 2004

miércoles, 16 de junio de 2004

carta a un amigo

¿Qué es de tu vida hermano?
Tanto tiempo sin saber de vos… la verdad es que cuando tomo conciencia de las distancias que se van generando en el tiempo, en el contacto con los afectos, con los que nos quieren bien… en fin, me preocupo un poco.
Me pregunto por qué, trato de pensar qué será lo que uno prioriza como para que terminemos sentándonos en una butaca tan lejana de los mejores compañeros de función…
Te cuento que mi vida es más o menos la deriva cotidiana que vos conocés, un poco de trabajar, otro tanto de militar, ir y venir entre las convicciones y los miedos, las necesidades y las apuestas de vida, las vicisitudes de la soledad y los placeres de sentir que en la huella hay otras pisadas.
Por momentos, con la sensibilidad un poco a flor de piel, producto de quien sabe qué asperezas frotando el cuerpo; otras veces, con un poco de resignación, con ciertos cansancios que el paso de los años van acumulando entre menudas victorias y gloriosas derrotas en la batalla contra mis propias miserias.
En otros andares, hurgando en el pasado a ver si Lacán y sus discípulos se avienen a tirarme un cabo, como para salir de semejante marejada; tan fresca a veces, y ausente de brazos para remar tan a menudo.
Dos pasos más allá (hacía un lateral, diría) la preocupación por lo cotidiano, el sustento para vivir y tratar de ir creciendo un poco, con la vana ilusión de que acumulando bienes materiales algún día terminaremos por olvidarnos de ellos…
Y en esas estoy, arrimando el cerebelo cerca de la estufa para ver si entre los vapores de tal cocción se cae una idea de cómo retomar el estudio, la maestría, esas cosas.
En estas ando hermano, un poco rengo y un poco manco, pero con ganas de usar la gamba y la mano que me quedas para seguir tirando pa’ lante...

sábado, 25 de octubre de 2003

conciertos

Lo veía pasar todos los jueves. Corría la cortina para espiarlo y se ponía colorada, aún cuando sabía que nadie la veía. Pero la sola sensación de observar a ese hombre flaco y de andar desgarbado, la ruborizaba un poco. Lo que sí sabía perfectamente era que su padre le tenía absolutamente prohibido hablar con él; ni siquiera lo ablandaba el hecho de que ese muchacho, el hijo de Don Esteban, obrero del frigorífico Swift Armour, tocara el piano como nadie en el barrio.
Y era eso lo que ella más admiraba, porque se sentía incapaz de hacerlo, por más que su padre la hubiera hecho estudiar en el conservatorio, por más que hubiese pasado 8 meses en Ginebra con los mejores profesores de piano del mundo.
Así de diferentes eran sus mundos: ella (Alicia es su nombre) única hija del banquero Frank Osserman, la que vivía en la mansión más lujosa del barrio, la que iba cada día al Instituto de la Medalla Milagrosa conducida por su chofer a bordo de un lujoso Ford Fairlane; él (Mario era su nombre) había hecho la primaria en la N° 12, la escuela del barrio, y viajaba en el colectivo 503 para asistir a Bellas Artes.
Alicia nunca había escuchado a Mario tocar el piano, ni había hablado nunca con él. Además de la estricta prohibición de su padre, ella, con sus 16 años, era muy tímida como para acercarse a ese muchacho que ni siquiera le resultaba demasiado atractivo. Lo que la conmovía era saber (todos en el barrio lo sabían) que Mario tocaba el piano como nadie, que tocaba Chopin a primera vista, y que en sus conciertos en la Cultural, sus vecinos se ponían de pié para aplaudir los preludios de Liszt o los conciertos de Rachmaninoff.
Lo que ella no sabía (como tantas otras cosas que nunca supo) era que, además, Mario se juntaba con sus amigos y tocaba otra música. Hacía apenas un par de años que en las disquerías del centro habían aparecido los discos de algunos conjuntos nuevos, con músicos de pelo largo y ritmos excitantes, y Mario sentía que con esa música podía expresar otras cosas que le estaban pasando, y que no sabía muy bien por qué le pasaban.
Tampoco sabía Alicia el porqué de la prohibición de su padre. Más de una vez le escuchó decir que Don Esteban era peronista, pero no tenía la menor idea de lo que eso quería decir, y mucho menos se imaginaba la razón para no acercarse a esa gente que parecía tan buena, que disfrutaba del Concierto de Piano en DO mayor n° 21 de Mozart, tanto como ella lo disfrutaba.
Por aquellos años, Mario empezó a pensar en otras cosas. La música, su pasión, empezó a ocupar cada vez menos tiempo en sus actividades. Nuevas pasiones lo conmovían; probablemente estuvieran allí desde antes, pero nunca lo habían desvelado tanto como ahora con sus 18 años. Eran tiempos en los que cambiar al mundo parecía no ya meramente algo alcanzable, sino una obligación.
Mario se había formado intelectualmente junto a los sacerdotes capuchinos, para quienes la opción por los pobres que el Evangelio señala era toda una elección de vida. Así lo había sentido en los cursillos a los que había asistido, pero ahora sentía que esa opción requería de él otros compromisos, otras apuestas que estaba dispuesto a afrontar, poniendo en riesgo su propia vida, si fuera necesario.
Con el tiempo, Alicia dejó de ver a Mario a través de su ventana. El muchacho flaco y desgarbado dejó de aparecer por el barrio, y si bien le llamaba la atención, nunca se preguntó qué había sido de él.
Lo recordó una tarde de 1974, cuando eligió el Concierto para piano en DO mayor n° 21 de Mozart para su casamiento.
Lo recuerda de vez en cuando, cuando les habla a sus hijos y les cuenta que ése es su concierto favorito, y que también era el de su padre, el banquero Frank Osserman, secuestrado el 12 de noviembre de 1975 por un comando del Ejército Revolucionario del Pueblo.
Lo recuerda porque ella sabía que el Concierto para piano en DO mayor n° 21 de Mozart era también el concierto preferido de Don Esteban y de Mario, ese muchacho flaco y desgarbado al que, si bien no sabe por qué, su padre le tenía prohibido ver, y que un día dejó de aparecer por el barrio, por motivos que, como tantas otras cosas en su vida, Alicia nunca supo.

sábado, 18 de octubre de 2003

las bolas de los bolitas

La pacatería argentina ha tenido la costumbre histórica de encerrar universos enteros de significantes contenidos en una sola palabra. Durante el decanato infame –vaya uno a saber por qué– tuvo especial desarrollo el concepto de “trucho”. Esta costumbre nacional ha sido aplicada con particular énfasis en discriminaciones, persecuciones y reacciones varias. Así, nuestro vocabulario se vio enriquecido con adjetivos discriminativos tales como “cabeza”, “subversivo”, “gallego”, “grasa”, “peroncho”, “zurdo” y una gran multiplicidad de etcéteras.
Pero si una palabra define la acumulación de racismo, violencia, soberbia, ignorancia y desprecio por lo diferente, esa palabra –claro está– es “bolita”. Bolita es la síntesis de lo que los argentinos no somos ni queremos ser. Bolita es negro y es pobre. Bolita es la síntesis de los “otros”. Bolita es alguien de quien se puede abusar desde cualquier lugar de poder, en especial “nosotros” que somos tan “piolas”, que vestimos a la europea y andamos en 4x4. Bolita es la feria, nosotros somos el “shopping”. Bolita son ajices y limone’, nosotros somos lomo Hereford. Bolita es petiso y gordito, nosotros somos altos, rubios y de ojos celestes. Bolita es indígena, nosotros: orgullosa sangre europea.
Bolita nunca es ingeniero, odontólogo o licenciado en marketing, como “nosotros”; Bolita es siempre albañil o verdulero, pocero o traficante de drogas. Podrían pasar por tintoreros, ya que tienen los ojos medio achinados, pero son demasiado negritos para eso y cualquier porteño bien pensante se daría cuenta del engaño.
Por supuesto, para completar la cosmogonía, Bolita es sucio, piojoso, ladrón y de no confiar. Además, se sabe, viven con muy poco, entonces le quitan el trabajo a los “nosotros” porque cobran sueldos menores, y usan “nuestros” hospitales.
Sin embargo, en los últimos días resultó que, además de las ferias y las puertas de los hipermercados, había Bolitas en otra parte. Y muchos!!
Y resulta que salieron de las minas y los socavones, de cuidar llamas y vicuñas, de cultivar la coca y el maíz. Dejaron por un rato las islas del sol y de la luna, las selvas del oriente y las altiplanicies del occidente, los pantanos del norte y los salares del sur.
Salieron por la Puerta del Sol de Tiahuanaku, de Coroico y de Oruro, de Cochabamba y de Potosí, de Santa Cruz y de Sucre, de Uyuni y de Copacabana, de Vallegrande y de El Alto.
Y resulta que estos morochos y estas morochas con sus polleras de colores y sus zandalias, con sus huahuas y sus bolsones de coca; estos hijos de la tierra, tienen una dignidad más alta que el Huayna Potosí, una nobleza más profunda que las minas del Cerro Rico y unos huevos más grandes que el Lago Titicaca[1].
Y resulta que los Bolitas se cansaron de cagarse de frío mientras los señores del poder negociaban el gas natural para que se calienten los pies los gringos. Se cansaron y dijeron NO!!. Se cansaron y salieron a la calle y dijeron NO!! Y les dieron palos y dijeron NO!! y les mataron a sus hermanos y dijeron NO!! y los invitaron a “negociar” y dijeron NO!!
Resulta que estos Bolitas, negros, achinados, sucios, piojosos, coqueros, mansos, sumisos, pobres, indios, petisos, gorditos, verduleros, albañiles y recolectores de basura no quieren seguir entregando lo que les queda en el fondo de la tierra. Allí, donde se acumulan los cuerpos de los millones de indígenas que extrajeron la plata para que Europa primero, y otros mundos después, puedan tener el nivel de vida que hoy tienen. Para que –al cabo– puedan haber nacido empresas como Repsol, Shell, Exxon, Texaco, Standard Oil, que sacan el gas y el petróleo para que puedan calentar sus pies los plomeros de Minesotta y los jubilados de Lyon.
Probablemente los Bolitas no sepan de estos nombres raros. No olvidemos que además, son analfabetos, no saben lo que es el Dow Jones y el Nikkei, hablan en lenguas incomprensibles, pero les ponen a sus hijos nombres tales como Johnatan y Brian.
Por eso, probablemente, se cansaron y dijeron NO!!
Por eso echaron a su Presidente, quien seguramente es al menos un poco más blanquito y más alto y sabe hablar en inglés y conoce lo que significa “Price & Waterhouse”. “Nosotros”, probablemente, nunca llamaríamos Bolita a ese señor presidente.
Por eso no son como nosotros.
Por eso, porque son Bolitas.


18 de octubre de 2003

[1] cuando éramos chicos, había un chiste muy inteligente que decía: Perú y Bolivia comparten el Lago Titicaca, en Perú se llama “Titi” y en Bolivia se llama “Caca”…